Siempre me he cuestionado si mi forma de trabajar en clase era la que más les convenía a los alumnos. Desde que empecé a enseñar, y de eso hace ya mucho, tenía la sensación de que se debía poder hacer mucho mejor si se dejaban atrás los métodos tradicionales y se buscaban otras alternativas. Comencé por llevar las clases al laboratorio y al patio, las transparencias de acetato y los vídeos fueron mis aliados y las clases eran un poco más amenas, pero … era yo el actor principal y mis alumnos eran los que me sufrían. Enseguida me dí cuenta que el eslabón más débil de esta cadena de la innovación educativa era yo: me podía defender con mi formación como especialista en Biología pero era un analfabeto en formación didáctica y pedagógica.
Primero fue una sensación de vértigo y de angustia seguida de una reacción de parálisis. No sabía como reconvertir la situación. Entonces vinieron en mi socorro la UNED y los CAP y empezó una carrera por aprender, primero las teorías pedagógicas y, luego, la acción en el aula. Casi sin darme cuenta en mis clases se empezaron a hacer cosas distintas y los alumnos participaban de forma diferente. Investigación acción lo llamaban.
Poco a poco las TIC iban cobrando protagonismo en la sociedad y querían tenerlo en la escuela. Pero se encontraban con el muro infranqueable de la tradición, la falta de formación de los docentes y el miedo a salir de nuestra zona de confort. Comenzaba así otra carrera paralela a la anterior para salir del analfabetismo tecnológico.
Entre carrera y carrera, entre reforma educativa y reforma educativa, entre competencias básicas y competencias clave seguía madurando como aprendiz y como docente. Surgieron nuevos conceptos (palabros los llamarían algunos): ABP, inteligencias múltiples, trabajo colaborativo, educación emocional, flippedClassroom, educación expandida, metodologías activas, aprendizaje STEAM, BYOD, etc. y todos ellos chocaron con algo tan elemental que decirlo me sonroja: la evaluación.
El inicio del camino estaba en la evaluación y había estando vagando por senderos que la rodeaban pero que no conducían a la innovación si no era atravesándola. Otra carrera. Portafolios, rúbricas, dianas, listas de observación, pruebas escritas y orales,…
Y en esas estamos. Pero ya no soy el profe que hace cosas raras en clase porque ya hay otros que también las hacen, Ya no estoy solo en el camino y espero que, ahora sí, estemos en la línea de salida de la carrera por la innovación. En la carrera buena.


Una descripción clara, valiente y pertinente, Profesor.
ResponderEliminarMe ha dado algunas ideas. Saludos cordiales.